lunes, 17 de enero de 2011

2006

Si algo me ha enseñado la vida, es que no te da una cosa buena sin darte a la vez dos malas.

El comienzo del 2006 fue igual de bueno que el año anterior y cuando yo ya pensaba que nada malo podría volver a suceder, me encontré con otra piedra en mi camino.
Mamá volvía a estar casi como al principio. Yo tenía doce años, estaba entrando en la adolescencia y me rebelé contra el mundo. No podía soportar que volviera a estar mal después de todo lo que había luchado, después de casi conseguir vencer a la enfermedad; era realmente impensable para mí, y para cualquiera.
Recuerdo que fue un año bastante duro, pero ella jamás se rindió, jamás se dio por vencida. Volvió a perder el pelo, pero dijo que ya estaba cansada aparentar, y en vez de ponerse peluca, se ponía pañuelos, estaba guapísima =)

También recuerdo que ese verano quiso ir a toda costa a la Playa, jamás pude admitir que iba a ser el último año que paseara junto a ella por la orilla del mar.
Desde que volvimos en septiembre y hasta diciembre, fue una caída en picado. La enfermedad no solo había aparecido con más fuerza sino que se trasladó al hígado, y finalmente a la sangre… Ella volvía a estar en cama y yo cada día podía soportar menos verla empeorar. Esta situación duró hasta que un día, durante el puente de la Constitución, se la llevaron al hospital; una parte de mí sabía que no iba a volver, pero no me atrevía a pensar que ese último abrazo era una despedida, para siempre.

Pasaron tres días y la madrugada del 7 de diciembre me desperté sabiendo que se había ido, que finalmente su luz se había apagado y que si durante estos últimos cuatro años me había sentido fuera del mundo, ahora estaba sola en él.

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