lunes, 17 de enero de 2011

2004

El primer año fue el peor. La confusión y la tristeza se apoderaron de todos ellos ante el no saber a qué se enfrentaban. No dejaban de pensar: “¿Por qué a ella?” mientras yo seguía sin saber nada. Nada excepto que mi madre, alegre y activa como siempre había sido, pasaba los días en cama… Refugiarme en mi abuela era todo lo que yo intentaba hacer, porque ella me había protegido y mimado desde que tengo memoria, pero ahora me doy cuenta que mi hermano y mi madre la necesitaban más que yo. Pero entonces, con nueve años, solo podía llorar y sentirme fuera de lugar.

Era septiembre, así que Jorge y yo volvimos al colegio. A él, desde que empezó le ha costado muchísimo adaptarse a estar tantas horas fuera de casa, y en un momento como aquel, le era más difícil que nunca. Se pasaba el día llorando, y yo no podía soportarlo. Creo que fue entonces cuando entendí que mi hermano era pequeño y no pretendía molestarme ni nada parecido, sino que se sentía tan fuera del mundo como yo, y necesitaba de mi apoyo.

Una tarde, cuando volví del colegio y por primera vez en todo el año, mi madre se animó a contarme lo que estaba sucediendo y desde entonces, jamás me ha ocultado nada.
Me lo explico todo, y me dijo algo que no se me olvidará en la vida: “Tenemos que ser fuertes y estar más unidos que nunca. Juntos, vamos a salir adelante”.

Pero lo que nunca se atrevió a decirme, lo cual tengo que agradecerle, fue que era una enfermedad con muy pocas posibilidades de cura…

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