lunes, 17 de enero de 2011

2003

Mi historia comenzó hace bastantes años. Una historia que me marcará la vida para siempre, y que a pesar de tener numerosos sucesos que me gustaría borrar, demuestra que aunque te encuentres en las más duras situaciones puedes salir adelante.

Todo empezó en el verano de 2003, yo tenía nueve años y acababan de empezar las vacaciones de verano. Como todos los años estaba entusiasmada con preparar el viaje a la playa con mis padres y mi hermano Jorge, que por aquel entonces tenía cinco años y no hacía más que molestarme; por supuesto, este era solo mi punto de vista.
Un par de días antes de irnos, todo cambió de repente. Me dijeron que no podíamos ir todavía a la Playa y que me tendría que conformar con irme al Pueblo con mi abuela. La idea no me desagradó del todo, pero la verdad es que todos se comportaban de una forma extraña conmigo y con Jorge.

Volví del Pueblo a mediados de julio sin ni siquiera acordarme del motivo por el que me fui; pero nada más entrar a casa me di cuenta de que nada era como antes, algo andaba mal, mi madre no era la de siempre y nunca lo volvió a ser.

Nadie se molestó en explicarme lo que estaba pasando, que era lo que había cambiado en nuestras vidas. Pero la verdad era que en ese fatídico verano, a mi madre le habían diagnosticado un cáncer.

2004

El primer año fue el peor. La confusión y la tristeza se apoderaron de todos ellos ante el no saber a qué se enfrentaban. No dejaban de pensar: “¿Por qué a ella?” mientras yo seguía sin saber nada. Nada excepto que mi madre, alegre y activa como siempre había sido, pasaba los días en cama… Refugiarme en mi abuela era todo lo que yo intentaba hacer, porque ella me había protegido y mimado desde que tengo memoria, pero ahora me doy cuenta que mi hermano y mi madre la necesitaban más que yo. Pero entonces, con nueve años, solo podía llorar y sentirme fuera de lugar.

Era septiembre, así que Jorge y yo volvimos al colegio. A él, desde que empezó le ha costado muchísimo adaptarse a estar tantas horas fuera de casa, y en un momento como aquel, le era más difícil que nunca. Se pasaba el día llorando, y yo no podía soportarlo. Creo que fue entonces cuando entendí que mi hermano era pequeño y no pretendía molestarme ni nada parecido, sino que se sentía tan fuera del mundo como yo, y necesitaba de mi apoyo.

Una tarde, cuando volví del colegio y por primera vez en todo el año, mi madre se animó a contarme lo que estaba sucediendo y desde entonces, jamás me ha ocultado nada.
Me lo explico todo, y me dijo algo que no se me olvidará en la vida: “Tenemos que ser fuertes y estar más unidos que nunca. Juntos, vamos a salir adelante”.

Pero lo que nunca se atrevió a decirme, lo cual tengo que agradecerle, fue que era una enfermedad con muy pocas posibilidades de cura…

2005

De este año, debo reconocer que tengo muy buenos recuerdos.
Me explico; mi madre seguía de médicos y por supuesto, seguía con la quimio. En realidad yo no lo sabía, pero le habían dicho que tenía posibilidades de cura =)
Lo que a mí me bastaba era ver que más o menos, volvía a ser la de antes. No estaba cansada siempre, nos llevaba al colegio, salíamos, íbamos al teatro, al cine, a pasear, jugábamos como antes, incluso me alegraba de que nos echara alguna bronca, porque eso significaba que estaba bien. Aunque de lo que más me alegraba era de que las lágrimas habían desaparecido, por lo menos, temporalmente.

Tengo que reconocer también que los efectos secundarios de la enfermedad fueron duros para todos. En ese año se le cayó el pelo y el año anterior, una segunda operación le había costado un pecho. Pero Jorge y yo, de alguna manera, lo llegamos a ver normal y nos acostumbramos.
Ella, siempre fuerte, nos decía con una sonrisa: “Solo es pelo, volverá a salir, ya lo veréis”.

Ese año, fuimos todos a la Playa =)

2006

Si algo me ha enseñado la vida, es que no te da una cosa buena sin darte a la vez dos malas.

El comienzo del 2006 fue igual de bueno que el año anterior y cuando yo ya pensaba que nada malo podría volver a suceder, me encontré con otra piedra en mi camino.
Mamá volvía a estar casi como al principio. Yo tenía doce años, estaba entrando en la adolescencia y me rebelé contra el mundo. No podía soportar que volviera a estar mal después de todo lo que había luchado, después de casi conseguir vencer a la enfermedad; era realmente impensable para mí, y para cualquiera.
Recuerdo que fue un año bastante duro, pero ella jamás se rindió, jamás se dio por vencida. Volvió a perder el pelo, pero dijo que ya estaba cansada aparentar, y en vez de ponerse peluca, se ponía pañuelos, estaba guapísima =)

También recuerdo que ese verano quiso ir a toda costa a la Playa, jamás pude admitir que iba a ser el último año que paseara junto a ella por la orilla del mar.
Desde que volvimos en septiembre y hasta diciembre, fue una caída en picado. La enfermedad no solo había aparecido con más fuerza sino que se trasladó al hígado, y finalmente a la sangre… Ella volvía a estar en cama y yo cada día podía soportar menos verla empeorar. Esta situación duró hasta que un día, durante el puente de la Constitución, se la llevaron al hospital; una parte de mí sabía que no iba a volver, pero no me atrevía a pensar que ese último abrazo era una despedida, para siempre.

Pasaron tres días y la madrugada del 7 de diciembre me desperté sabiendo que se había ido, que finalmente su luz se había apagado y que si durante estos últimos cuatro años me había sentido fuera del mundo, ahora estaba sola en él.

2007-2011

Como dije al principio; por muchos golpes que te de la vida, siempre hay una salida, siempre se puede seguir adelante.

Los años siguientes fueron, si cabe, más duros que los anteriores.
Mi casa estaba, y sigue estando, vacía sin ella. Tuvimos que acostumbrarnos a vivir solos los tres, a empezar a vivir de nuevo. Pero sobre todo, a apoyarnos entre nosotros.
Mis abuelos, mis tíos, todos estaban destrozados; pero ella siempre quiso que nunca se rompiera esa unión que teníamos, y nunca se ha roto.

Personalmente hablando, el primer año ni siquiera fui capaz de admitir lo que había pasado, seguí siendo incapaz de creer que se hubiera podido irse así. Pero con el paso del tiempo, me vi obligada a reconocer la verdad; como cabe esperar, no lo pase bien, no podía ni ver fotos suyas y el sólo mencionarla me dolía de una manera indescriptible.
Hoy en día sonrío al recordarla, al recordar cómo era y todo lo que hacía; aunque a veces sea imposible contener las lágrimas.

Desde entonces todos los años voy a la Playa; adoro pasear por la orilla del mar, como lo hacía antes, abrazada a ella. Porque no solo están allí sus cenizas, sino que puedo llegar a sentir como camina a mi lado =)